
La semana pasada hicieron en la 2 de Televisión Española “Rebelde Sin Causa” (1955), de Nicholas Ray, y que es sin lugar a dudas una de las películas de culto más importantes de todos los tiempos. No obstante, no quiero dedicar esta entrada a realizar una crítica o un comentario sobre este film, sino a hablar de su protagonista, James Dean y del mito que lo rodea.
Después de diversas apariciones insignificantes en cine y televisión, y de representar varias obras teatrales en Broadway, James Dean protagonizó en 1955 “Al Este del Edén”, que le valió su primera nominación a un Óscar, y “Rebelde Sin Causa”, que lo consolidó como uno de los ídolos de la juventud estadounidense. El éxito cosechado en estas dos películas le valió el papel de co-protagonista, junto con Rock Hudson y Elisabeth Taylor, en “Gigante” (1956), su última película.
A pesar de sus innegables cualidades como actor, no fueron sus películas, sino lo efímero de su carrera y el modo en que vivió y murió, lo que le convirtió en una de las mayores leyendas del cine del siglo pasado. A lo largo de su poco más de un año de estrellato, Dean se labró una imagen de personaje rebelde y solitario, y su muerte a la temprana edad de 24 años, no supuso sino la reafirmación de un estilo de vida que queda definido con su famoso consejo de “vive rápido, muere joven, y deja un bonito cadáver”.
Con todo, la vida de James Dean podría haber sido homónima a la obra de García Márquez “Crónica de una muerte anunciada”, pues su afición a las carreras de coches le valió la prohibición expresa de competir durante el rodaje de “Gigante”. Nada más acabar la grabación, mientras se dirigía en su Porsche Speeder 356 a Salinas, California, donde iba a participar en una carrera, la embestida inevitable de un Ford le arrebató la vida. Paradójicamente, dos semanas antes de su muerte apareció en una entrevista en la que recomendaba a los jóvenes conducir con precaución.